En la zona
congoleña de Kivu del Sur las niñas son raptadas y violadas desde los dos años.
La recién galardonada periodista de radio, que denuncia desde hace años la
violencia sexual en la región, escribe su historia para EL PAÍS
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Caddy Adzuba, Príncipe de Asturias de la
Concordia, en 2010. / CASA ÁFRICA
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Al este de la
República Democrática del Congo, en el territorio de Kabare, a 25 kilómetros de
la ciudad de Bukavu (de 245.000 habitantes), 40 niñas pequeñas entre 2 y 15
años fueron víctimas de violencia sexual entre enero y agosto de 2014. En el
pueblo de Bughore, una población a varios kilómetros del aeropuerto de la
provincia de Kivu del Sur, las niñas son raptadas y violadas antes de ser
abandonadas por sus secuestradores. Es un nuevo modus operandi a incluir en el
capítulo de la violencia sexual contra las mujeres en el país.
Según los
testimonios de las familias de las víctimas, hombres sin identificar entran por
la noche en las casas donde duermen las niñas, las sacan de sus camas y las
llevan lejos de sus hogares para violarlas. Luego las devuelven a sus
domicilios con graves lesiones en los genitales. Las familias solo se dan
cuenta de lo ocurrido cuando la niña, después de ser devuelta, llora de dolor.
Estas familias
viven en la precariedad y la pobreza. Habitan en chozas: hogares sin seguridad,
expuestos a cualquier peligro. Las niñas reciben atención médica y son
devueltas a su entorno. Según las familias de la zona, entonces la situación se
repite.
La madre de una
víctima relata: “Mi marido se fue a otro pueblo lejano para buscar trabajo
porque éramos pobres. Vivo sola desde hace dos años con mis seis hijos. La más
pequeña tiene 4 años. Una noche, mientras yo dormía en una habitación y mis
hijos en la de al lado, oí de repente un ruido y en seguida el llanto de mi
hija de 4 años. Me desperté e imagínese lo que vi: Mi niña sangrando. No
entendí enseguida lo que había ocurrido. Me acerqué a mi hija y la miré bien.
Era horrible. La habían violado y hecho daño de verdad. Llamé a mis vecinos
para que me ayudaran, y la llevamos al hospital”.
La madre
prosigue: “Unos meses después volvimos a casa, pero hasta hoy no consigo pegar
ojo porque no pasan dos noches sin que esos malhechores ronden mi casa. Una vez
volvieron a intentar romper mi puerta, pero como ya no duermo, grité con todas
mis fuerzas y huyeron. De verdad, vivo angustiada. No tengo una casa sólida
para protegerme de estas incursiones. Mi vivienda es de barro, con agujeros por
todas partes. Un maleante puede entrar sin dificultad. No sé qué hacer. No
tengo recursos”. El suyo es uno entre los varios casos identificados en un solo
pueblo, que está cerca de un destacamento del ejército congoleño, y a unos
metros de un puesto de policía.
¿Qué papel
desempeña la Policía Nacional? La violación es un crimen castigado por la
lgislación congoleña con una pena de 10 a 20 años de prisión. Una ley especial
de violencia sexual fue aprobada en 2006, tras la presión ejercida por diversas
organizaciones de derechos humanos y contra la violencia de género, que habían
observado el alcance del problema en el país. La policía es la garante de la
protección de civiles, y tiene el deber de proteger a los niños y a las
mujeres, a menudo víctimas de atroces violaciones.
Hasta ahora
ninguna persona ha sido condenada por las violaciones a menores de 15 años en
el territorio de Kabare. La policía asegura que detiene a los presuntos
criminales, pero hasta la fecha nadie ha sido imputado. Algunos detenidos salen
en libertad por falta de pruebas. Por ello, la sociedad civil pone en cuestión
la eficacia de la policía y las estrategias del cuerpo en la lucha contra estos
crímenes. Los violadores son libres. Continúa aterrorizando a las mujeres: las
madres de las víctimas y las niñas que siguen sufriendo los ataques.
Una madre: “Me
despertó el llanto de mi niña. Estaba sangrando. La miré bien: la habían
violado”
¿Quiénes son los
violadores? Los criminales son personas sin identificar. Operan en la
clandestinidad con total impunidad. Ni la Justicia ni la sociedad civil tienen
una respuesta clara ante la duda de si son hombres armados o civiles podridos.
Se barajan varias hipótesis para explicar el fenómeno. Algunas fuentes locales
hablan de creencias místicas y mágicas: “Violar a una niña de 2 años es una
fuente de riqueza, poder y gloria”. En una sociedad tocada por un pobreza y una
precariedad graves, cualquier supuesta forma de enriquecimiento es aprovechable
por quienes carecen de moral. El cuerpo de las mujeres sigue siendo un campo de
batalla: por el enriquecimiento y por el poder.
¿Cómo terminar
con el problema? Las organizaciones de defensa de los derechos humanos y de los
niños contemplan varias soluciones posibles. Organizan campañas de
sensibilización para combatir las supersticiones que promueven las violaciones
de niñas pequeñas. También tratan de concienciar a las autoridades para que
tomen en cuenta el problema a la hora de elaborar sus estrategias, y para que
refuercen los medios de intervención de la policía. Las organizaciones locales
de mujeres han pedido al Gobierno la creación de una comisión mixta
especializada para llevar a cabo las investigaciones.
Las reparaciones
a las víctimas. En la República Democrática del Congo se ha avanzado en la
persecución judicial contra los distintos crímenes de violencia sexual en los
últimos años. La legislación cuenta con un arsenal jurídico a nivel nacional e
internacional para plantar cara a la impunidad de la violación. Sin embargo, la
indemnización de las víctimas no llega. Tras el proceso judicial estas son
abandonadas a su suerte, lo que les impide reinsertarse a nivel social y
económico.
Debería existir
un acompañamiento jurídico eficaz de las víctimas, utilizando recursos
internacionales cuando se terminen los nacionales. Es necesario que la
comunidad internacional ayude al Gobierno congoleño con la indemnización de las
víctimas de violencia sexual, a través de la financiación de proyectos de
desarrollo y de apoyo a las mujeres victimizadas por la violencia de género.

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